Música para el corazón.
Sublime belleza.
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El stárets… es el que convierte vuestra alma y vuestra voluntad a su alma y su voluntad. Después de elegido el stárets, renunciáis a la voluntad propia y se la entregáis a él con plena obediencia, con cumplida abnegación.
A esa prueba, a esa terrible escuela de vida, sométese el individuo espontáneamente, con la esperanza de vencerse, tras larga experiencia, a sí mismo; dominarse hasta el extremo de poder, finalmente, alcanzar mediante el sometimiento de toda su vida, la libertad completa, es decir, la liberación de sus inercias; evitando la suerte de aquellos que consumieron toda su existencia sin hallar el verdadero ser en si mismos.
Esta innovación, es decir, la del stárchestvo…, no tiene nada de teórica, sino que se introdujo en oriente contando ya un milenio de práctica. La sumisión al stárets es otra cosa que la habitual obediencia que siempre se ha observado entre nuestros monasterios rusos.
Aquí se reconoce la eterna confesión de todos los actuantes al stárerts y lo indisoluble del lazo que une al que obliga y al obligado.
…
Del stárets Zósima decían muchos que, al recibir por espacio de tantos años seguidos a cuantos iban a desahogar con él su corazón y ansiosos de escuchar su consejo y su medicinal palabra…, hasta tal punto recogiera en su alma confidencias, secretos y contriciones; que a lo último había adquirido una penetración tan fina, que a la primera mirada al rostro de un desconocido que se llegase a él podía ya adivinar a que había ido allí, qué era lo que necesitaba y hasta de que índole fuese el dolor que torturaba su conciencia.
Así asombraba, desconcertaba y casi asustaba a veces al visitante con tal conocimiento de su secreto antes de pronunciar él una palabra.
Aliocha había observado que muchos de los que acudían por primera vez a hablar con el starets Zósima llegaban con el temor y la inquietud reflejados en el semblante y que después, al marcharse, la cara antes sombría estaba radiante de satisfacción. También le sorprendía el hecho de que el starets, lejos de mostrarse severo, fuera un hombre incluso jovial.
…
¿Dónde irá ese prisionero de las múltiples y ficticias necesidades que se ha creado él mismo? A este ser aislado apenas le preocupa la colectividad. En resumidas cuentas, sus bienes materiales han aumentado, pero su alegría ha disminuido.
La vida del monje es muy diferente. Hay quien se burla de la obediencia, del ayuno, de la oración… Sin embargo, ése es el único camino de la verdadera libertad. Yo suprimo las necesidades superfluas, domo y flagelo mi voluntad altiva y egoísta por medio de la obediencia, y así, con la ayuda de Dios, consigo la libertad del alma y, con ella, la alegría espiritual.
¿Quién es más capaz de enaltecer una idea, de ponerse a su servicio, el opulento aislado espiritualmente o el monje que se ha liberado de la tiranía de las costumbres?
Se censura al Monje su aislamiento. «Al retirarte al eremitorio o a un monasterio ‑se le dice‑, desertas de la causa fraternal de la humanidad.» Pero veamos quién sirve mejor a la fraternidad. Pues el aislamiento no nace en nosotros, sino en los acusadores, aunque ellos no se den cuenta…
de Fedor Dostoyevski
(Traducido del Pentecostario griego)
Llamamos a esta fiesta la «Pascua», que en hebreo quiere decir «paso», porque este es el día en el que Dios, al principio, creo todas las cosas de la nada. En este mismo día hizo pasar al pueblo de Israel por el mar Rojo, arrebatándolos de las manos del Faraón. También fue en este día que bajo de los cielos y habitó en el vientre de la Virgen. Y ahora ha arrebatado toda la humanidad de las bóvedas del Hades y la hizo pasar al cielo, trayéndola a su antigua dignidad de incorrupción. Cuando descendió al Hades levantó a todos, pero sólo aquellos que creyeron en él fueron elegidos. Libró las almas de los santos desde el principio del mundo, que eran cautivas del Hades por la fuerza, y las hizo ascender al cielo. Y por eso nosotros, regocijándonos en extremo, celebramos la Resurrección espléndidamente, reflejando el gozo con el que nuestra naturaleza ha sido galardonada por la compasiva misericordia de Dios.
La Resurrección del Señor ocurrió así: mientras los soldados vigilaban el sepulcro, hubo un temblor de tierra cerca de la medianoche, pues un ángel bajo a remover la piedra a la entrada del sepulcro. Viendo esto, los guardias huyeron y a esto siguió la llegada de la mujeres, tarde en el sábado - es decir, a medianoche del sábado. La Resurrección fue revelada primero a la Madre de Dios, que como dice san Mateo, estaba sentada frente a la tumba junto a la Magdalena. Pero para que no hubiese duda alguna de la Resurrección a causa de ser ella su madre, los evangelistas dicen: «Apareció primero a María Magdalena». Esta también vio al ángel sentado sobre la piedra, y a los que estaban dentro de la tumba proclamando la Resurrección del Señor. «Pues», dijeron, «él no está aquí; ha resucitado. Ved el lugar donde lo colocaron». Al oír esto, corrió hacia los líderes de los apóstoles, Pedro y Juan, y les trajo las buenas nuevas de la Resurrección. Mientras regresaba con María, Cristo se presentó ante ellas y les dijo: «¡Alegraos!» - pues era necesario que el género que escuchó primero «con dolor parirás hijos» fuese el primero en escuchar del gozo. Ellas, inundadas de gozo, se acercaron para tocar sus purísimos pies, o mejor dicho, quisieron hacerlo. Los apóstoles vinieron al sepulcro, y Pedro se fue sólo habiéndose asomado, pero Juan entró e inspeccionó todo más de cerca, y tocó tanto el sudario como el velo.
De nuevo la Magdalena vino al atardecer junto a otras mujeres para investigar con mas precisión lo que habían visto. Estaba lamentándose de pie afuera del sepulcro, pero asomándose dentro del mismo vio a dos ángeles, espléndidamente radiantes, que le dijeron como llamándole la atención: «¿Por qué lloras, mujer? ¿A quién buscas? ¿Buscas a Jesús Nazareno, el crucificado? No está aquí, ha resucitado». Y al punto se pusieron de pie, llenos de temor, pues vieron al Señor. Y volviéndose ella vio al Señor; mas imaginando que era un jardinero (pues el sepulcro estaba en un jardín), le dijo: «Señor, si te lo has llevado, dime dónde lo pusiste y lo removeré». Y al hacer ella de nuevo una señal a los ángeles, el Salvador dijo a la Magdalena: «María». Y reconociendo ella la dulce y familiar voz del Cristo, quiso tocarlo. Mas el dijo: «No me toques, pues aún no he ascendido a mi Padre, como piensas, considerando que soy aún mortal. Pero ve donde mis hermanos y diles todo lo que has visto y oído». Y la Magdalena hizo esto. Pero al llegar de nuevo la luz del día, vino a la tumba con el resto de las mujeres. Las que estaban con Juana y Salomé vinieron cuando hubo salido el sol, y en pocas palabras, la llegada de las mujeres ocurrió en diferentes momentos. Entre estas también estaba la Madre de Dios, pues ella es la que los Evangelios llaman «María la de José». Este era el hijo de José [el Desposado]. No se conoce a qué hora resucitó el Señor: algunos dicen que al primer cantar de los gallos; otros que cuando ocurrió el terremoto, y aún otros dan diferentes horas.
Cuando todos estos eventos hubieron ocurrido, algunos e la guardia vinieron a los sumos sacerdotes y les relataron lo que pasó. Estos, sobornándolos con dinero, los persuadieron a declarar que los discípulos habían venido de noche y se robaron [el cuerpo]. Esa misma noche, reunidos los discípulos en un mismo lugar por temor de los judíos y estando las puertas herméticamente cerradas, Cristo vino a ellos (pues tenía un cuerpo incorruptible) y les dio el buen saludo usual: «Paz». Cuando lo vieron se inundaron de gozo, y soplando el sobre ellos, recibieron una mayor fuerza del Santísimo Espíritu.
Entended como la Resurrección ocurrió al tercer día: la noche del jueves y el viernes hacen un día (pues así cuentan un día completo los hebreos). La noche del viernes y el sábado hacen el segundo día completo. La noche del sábado y domingo hacen el tercer día completo (pues se toma la parte por el todo). O puede calcularse así: Cristo fue crucificado a la hora tercia el viernes, y hubo tinieblas desde la hora sexta hasta la novena, y esto puede contarse como una noche. Entonces después de las tinieblas, el día y la noche del viernes. Esto hace dos días completos. El sábado y la noche que le sigue hacen tres días completos. Aunque nuestro Salvador prometió obrar su misericordia para con nosotros en el tercer día, llevó a cabo este acto de misericordia aún más rápidamente.

Sinaxario del Domingo de Ramos
(Traducido del Triodio griego)
Después de la resurrección de Lázaro de entre los muertos, muchos vieron lo que sucedió y comenzaron a creer en Jesús. En la sinagoga de los judíos se tomó la decisión de matar tanto a Cristo como a Lázaro. Por esto Jesús se marchó, dando lugar al mal mientras los judíos planeaban matarlo durante la fiesta de la Pascua. Tras un considerable tiempo de ausencia, según dice la Escritura, Jesús vino a Betania seis días antes de la Pascua, a donde estaba Lázaro, el hombre que había estado muerto. Y allí tuvo lugar una comida en la que Lázaro también comía con él. Entonces su hermana María derramó perfume aromático sobre sus pies. Al día siguiente [Jesús] envió a sus discípulos a que le trajeran un asna y su pollino, y aquel que tiene el cielo como su trono entró a Jerusalén montado sobre un pollino. Los hijos de los hebreos pusieron sus vestimentas sobre el pollino, y cortando ramos de palma y llevándolos en sus manos, iban ante él clamando: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel!». Esto sucedió porque el Santísimo Espíritu movió sus lenguas para alabar y exaltar a Cristo. Mostraban [su alabanza] mediante los ramos de palma, esto es, los ramos que mostraban de antemano la victoria de Cristo sobre la muerte, pues era la costumbre honrar y escoltar a los vencedores de contiendas y guerras en procesiones de victoria con ramos de árboles siempre verdes. Por otra parte, el pollino nos representaba a nosotros, el pueblo de entre las naciones [gentiles], sobre los cuales Cristo se sentó y descansó como triunfante vencedor, siendo proclamado Rey de la toda la tierra. De esta fiesta dijo el profeta Zacarías: «Alégrate grandemente, Hija de Sión. He aquí que tu Rey viene a ti, manso y sentado sobre un asna, y sobre un pollino» (cfr. Zacarías 9:9). Y de nuevo dice David de los niños: «De la boca de infantes y de niños de pecho has perfeccionado alabanza» (cfr. Salmo 8:2). Y al entrar Jesús, dice la Escritura, toda Jerusalén fue conmovida y las multitudes, provocadas a la venganza por los sumos sacerdotes, buscaban como deshacerse de él. Pero el los evitaba ocultándose y mostrándose, y les hablaba en parábolas.

(Traducido del Triodio griego)
En este día, el Quinto Domingo de Cuaresma, se nos ha ordenado conmemorar a nuestra justa madre María de Egipto. Esta, teniendo aún doce años de edad, se marchó a Alejandría sin saberlo sus padres, y vivió allí una vida desenfrenada por diecisiete años. Después de esto, movida por la curiosidad, se marchó con muchos creyentes a Jerusalén para estar presente en la Exaltación de la Preciosa Cruz. En aquel lugar se entregó a toda forma de libertinaje e indecencia, y arrastro a muchos otros a las profundidades de la destrucción. El día en que la Cruz fue exaltada, queriendo ella entrar a la Iglesia, sintió un poder invisible que le impedía pasar por la puerta, aún cuando intentó hacerlo tres o cuatro veces y aunque la multitud que estaba con ella pasaba por la puerta sin impedimento. Puesto que su corazón se hirió por esto, decidió cambiar su vida y agradar a Dios mediante el arrepentimiento. Y así cuando volvió a la Iglesia pudo entrar en ella fácilmente. Después de venerar la Preciosa Cruz, se retiró ese mismo día de Jerusalén, cruzó el Jordán, se adentró en las profundidades del desierto, y vivió allí por cuarenta y siete años una vida muy dura, una vida sobrehumana, orando sola a Dios solamente.
Acerca del fin de su vida: tras encontrarse con un cierto monje llamado Zósimas, y habiéndole relatado toda su vida desde el principio, María le suplicó que le trajera los Inmaculados Misterios para comunión. Él hizo esto el Jueves Santo del año siguiente. Viniendo de nuevo Zósimas el próximo año, la encontró muerta, tendida sobre la tierra. Junto a su cuerpo estaba escrito: «Abba Zósimas, entierre aquí el cuerpo de la miserable María. Morí el mismo día en que participé de los Inmaculados Misterios. Ore por mí». Su muerte ocurrió en el 378.
Por sus intercesiones, oh Dios, ten piedad de nosotros y sálvanos. Amén.
Tropario de San Juan Clímaco
Tono 8
“Con los arroyos de tus lágrimas, fructificaste el árido desierto, con los suspiros más profundos, y con tus esfuerzos, diste cien veces más frutos. Has devenido en astro del universo, resplandeciendo por los milagros. Oh nuestro Piadoso Padre Juan; Intercede pues, ante Cristo Dios, que salve nuestras almas”.
Durante el siglo VI, el monte Sinaí se encontraba lleno de monjes que vivían en monasterios y cuevas, siguiendo la regla de san Basilio y la legislación de Justiniano. Entre todos ellos brilló con luz propia el monje Juan, apodado "Clímaco". Son muy escasos los datos que tenemos sobre la vida de San Juan, quien fue abad del Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí hacia fines del siglo VI y principios del VII. La fuente de información más valiosa es la breve biografía escrita por el monje Daniel, del Monasterio de Raitu. Si bien Daniel afirma no saber con certeza dónde nació y creció, algunos sostienen que lo hizo en Antioquía, ciudad en la que habría vivido hasta la edad de dieciséis años. Fue entonces cuando ingresó al monasterio ubicado sobre el monte Sinaí “pretendiendo con esto que hasta el mismo nombre y condición del lugar visible despertase su corazón, llevase sus ojos a la contemplación del Dios invisible y le convidase a ir hacia él”, según palabras del monje de Raitu. A pesar de su juventud, Juan había recibido antes de ingresar al monasterio una importante formación “en las ciencias seculares”.
La formación del postulante estuvo a cargo del abad Martyrius, quien le confirió la tonsura monástica a los veinte años. Luego Juan continuó bajo la guía de su maestro durante quince años. Entonces, al morir el abad Martyrius, pasó a la vida solitaria en una gruta del propio monte Sinaí. Daniel afirma que comía poco; que venció la avaricia “porque contentándose con lo poco, no tenía necesidad de codiciar lo mucho”; y que con sus ejercicios de piedad y con la memoria de la muerte dejó atrás la pereza. Además, dice que había recibido el "don de las lágrimas". Se apartaba a un “refugio secreto, una cueva en la ladera de una montaña, donde nadie lo podía ver u oír, y allí elevaba su voz al cielo con tan grandes gemidos, suspiros y clamores como quien recibiera el cauterio del fuego y otras curas del mismo estilo". Su primer discípulo fue un monje llamado Moisés. Con el paso del tiempo muchos otros comenzaron a acercársele buscando en él un guía espiritual.
Siendo Juan muy mayor, los monjes del Sinaí le solicitaron que tomara a su cargo el monasterio. Él se resistió, pero era tal la determinación de los monjes que tuvo que ceder al pedido. Siendo abad del Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí redactó su Santa Escala, en respuesta a una solicitud de su colega el abad Juan del Monasterio de Raitu. Esta obra, que alcanzaría gran trascendencia durante la Edad Media, le valió el apodo de "Clímaco" ("Klimax" en griego significa "escalera"). Al sentir que su muerte se acercaba, Juan dejó el cargo de abad a su hermano Jorge y volvió a su vida solitaria. La fecha de su muerte, al igual que la de su nacimiento, no se sabe con precisión.
En su pensamiento ejercieron especial influencia Gregorio Nacianceno y el pseudo Dionisio. Pero su primera fuente es la experiencia como monje y asceta. Su Santa Escala es justamente una guía para recorrer el camino interior hacia Dios. El asceta reconoce que alcanzar su meta (desligarse del mundo y unirse a Dios) no depende sólo de él, por ello se educa en la humildad sometiendo su voluntad a la guía espiritual, al pastor.
La Santa Escala consta de treinta escalones. Los primeros veintitrés están referidos a la lucha contra los vicios, los siete restantes a la adquisición de las virtudes. Al pastor dedica Juan la parte final de su obra, titulada Carta al pastor. Allí afirma que el verdadero pastor no guía por conocimientos recibidos desde afuera sino en base a una iluminación interior por la que conoce a Dios. El verdadero pastor, que recibe su sabiduría de Dios, es capaz de guiar no sólo a las ovejas dóciles y obedientes sino también a las incultas y desobedientes. El prototipo del buen pastor no es otro que el propio Jesucristo.